Plan B en Mallorca: qué hacer si hay viento o mala mar
En Port d'Andratx hay un sonido que anuncia el cambio de planes antes que cualquier parte meteorológico: el repique metálico de las drizas contra los mástiles del puerto, cuando el viento gira y aprieta. Los patrones lo reconocen desde la lonja, el personal del hotel también, y quien lleva un par de días alojado en Mon Port empieza a distinguirlo enseguida. No hace falta temporal ni lluvia: basta con que la tramuntanada sople fuerte o que llegue mar de fondo del suroeste para que el plan de playa previsto se quede en el cajón. La buena noticia es que esta esquina de Mallorca ofrece tantos planes puertas adentro como litoral tiene fuera.
El primero, el más a mano, es quedarse en el propio hotel. El circuito termal de Blue Sensations —piscina climatizada, sauna, hammam y jacuzzi— convierte una mañana de viento en la excusa perfecta para no hacer nada, que es distinto de perder el día. Quien prefiera mantenerse activo sin salir a carretera tiene las clases de yoga, pilates y estiramientos de Mon Sports, pensadas justamente para las jornadas en que la sierra y el mar aconsejan quedarse cerca.
Si el cuerpo pide salir de todos modos, Port d'Andratx tiene su propio refugio cultural: las galerías de Sa Taronja, el centro que reúne estudios de artistas, sala de danza y espacio expositivo a resguardo del viento, a un paseo corto del hotel. Diez minutos tierra adentro, en el pueblo de Andratx, el CCA —el centro de arte contemporáneo más grande de la isla— ofrece la tarde entera bajo techo; ya contamos en el blog cómo combinarlo con el mercado semanal, otro plan que no depende del cielo ni de la mar.
Para quien no le importe alejarse un poco más, el interior de Mallorca guarda uno de los mejores planes antiviento de la isla: una ruta por bodegas. En Binissalem y Santa María del Camí, casas como Macià Batle abren sus naves de fermentación y sus barricas de roble a un ritmo que ningún vendaval interrumpe, con catas que suelen cerrarse con aceites y embutidos mallorquines. Es un plan que merece su propio capítulo —lo trataremos con calma en un próximo artículo— pero conviene tenerlo anotado para el día en que la mar no invite a bañarse.
Algo más lejos, ya en la costa este, están las Cuevas del Drach, en Porto Cristo: más de un kilómetro de pasarelas bajo tierra, con el lago Martel al fondo y una temperatura constante entre 17 y 21 grados que no entiende de vientos ni de temporales. Conviene reservar la entrada online con antelación, sobre todo en temporada alta, porque los pases se llenan rápido.
Y si el plan del día pasa por ciudad, Palma —media hora en coche— tiene museos, claustros y terrazas cubiertas de sobra para llenar cualquier jornada gris; ya publicamos una guía completa para organizarla sin prisas y sin repetir errores de principiante.
Antes de decidir nada, merece la pena mirar la previsión con algo más de detalle que el simple "hace viento". La AEMET publica avisos específicos para la Sierra de Tramuntana y el litoral suroeste, y en recepción del hotel también se sigue de cerca la evolución del día: no es raro que el propio equipo sugiera adelantar el circuito de spa a la mañana o reservar mesa en la sala interior de algún restaurante del puerto antes de que se llene.
En cuanto a la mesa, el viento no cierra ningún restaurante: cambia, eso sí, la terraza por la sala interior. Es buen momento para retomar alguno de los planes gastronómicos que ya recomendamos por la zona, con calma y sin urgencia por volver a la playa.
La clave, en realidad, no es evitar el viento, sino dejar que reordene el día. Quien se aloja en Mon Port descubre pronto que la Tramuntana tiene también sus propias vistas, sus propios silencios y sus propios placeres —solo que estos se disfrutan puertas adentro.