Bodegas y vino mallorquín: una excursión por el interior de la isla
Plinio el Viejo escribió que el vino balear no tenía nada que envidiar al mejor vino italiano. Lo dijo en el siglo I, y lo dijo en serio: mucho antes de que Mallorca fuera sinónimo de playa, ya lo era de viña. Esa historia sigue viva a menos de una hora de Mon Port, tierra adentro, donde el paisaje cambia de golpe: el mar desaparece y aparecen hileras de vides sobre tierra rojiza, almendros y la silueta lejana de la Serra de Tramuntana.
Un camino que evita la capital
La salida desde Port d'Andratx merece hacerse por el interior, sin bajar a la capital: la carretera sube hacia Es Capdellà y Galilea, serpentea entre Puigpunyent y se abre poco a poco hacia el Pla de Mallorca, la gran llanura central donde el cultivo de la vid lleva siglos siendo parte del paisaje. Es un trayecto corto pero con carácter, de esos que ya adelantan lo que vas a encontrar al llegar.
Dos denominaciones, un mismo origen
Ese destino son, sobre todo, dos denominaciones de origen. La DO Binissalem, la más antigua de la isla, reconocida en 1991, se concentra en Binissalem, Santa Maria del Camí, Consell, Santa Eugènia y Sencelles. La DO Pla i Llevant, más joven y más extensa, se despliega hacia el este, entre Felanitx, Manacor, Porreres y otros dieciocho municipios. Entre ambas se cultivan variedades autóctonas que no encontrarás en ninguna otra parte del mundo: el Manto Negro, tinta y suave, con recuerdos de fruta roja; el Callet, especiado y de color tenue; y entre las blancas, el Prensal, fresco y cítrico, y el Giró Ros, una variedad casi perdida que hoy vuelve a ganar terreno.
Binissalem y Santa Maria del Camí: las visitas imprescindibles
Para empezar, Binissalem y Santa Maria del Camí son parada obligada. Bodegas José L. Ferrer, en pie desde 1931 en pleno centro de Binissalem, ofrece visitas guiadas por sus instalaciones históricas seguidas de una cata que suele incluir quelitas, queso mallorquín y mermelada de uva ecológica. A pocos minutos, en Santa Maria del Camí, Bodegas Macià Batle recupera una tradición vitivinícola que se remonta a 1856, con un recorrido por sus viñas y una cata de varios vinos que se puede reservar en castellano, inglés o alemán. Ambas visitas conviene reservarlas con antelación, sobre todo en temporada alta.
Si el día da para más: el Pla i Llevant
Quien disponga de un día entero puede seguir hacia el este y adentrarse en la DO Pla i Llevant, donde bodegas más pequeñas y de gestión familiar ofrecen una experiencia más artesanal, casi de descubrimiento particular. Es un plan que combina bien con una comida en alguno de los pueblos del Pla, donde el vino se sirve, como manda la tradición gastronómica mallorquina, junto a un plato de pa amb oli o una buena tabla de embutidos locales.
Lo que hay detrás de la copa
Lo interesante de esta excursión no es solo lo que se bebe, sino lo que se entiende del territorio al probarlo: por qué el suelo calcáreo y los casi trescientos días de sol al año marcan un carácter propio en cada copa, por qué la isla llevaba fabricando vino de forma casi secreta desde los años del turismo de masas, hasta que un puñado de bodegas decidió recuperarlo con nombre propio en las últimas décadas.
Vuelta a Mon Port
Volver a Mon Port al final del día, con el coche todavía impregnado de ese olor a viña y tierra seca, es la mejor manera de cerrar el círculo: una ducha, la piscina o una sesión en el spa antes de que caiga la tarde, y una copa de Manto Negro en la cena, ya sin prisa, para terminar de entender por qué a los romanos les costaba tan poco rendirse ante el vino de esta isla.