El Archiduque Luis Salvador, el austriaco que escribió Mallorca
En el verano de 1867 desembarcó en Mallorca un joven de apenas veinte años con un propósito muy concreto: escribir un libro sobre escarabajos. Traía cuadernos, frascos y la curiosidad de quien ha crecido entre palacios y bibliotecas. Aquel libro de insectos nunca llegó a escribirse. En su lugar, Luis Salvador de Habsburgo-Lorena encontró una isla que lo retendría, con idas y venidas, durante casi medio siglo.
Para los mallorquines siempre ha sido s'Arxiduc, así, con artículo y sin más nombre. Pocas figuras llegadas de fuera despiertan aquí un cariño tan unánime.
Un príncipe sin trono
Nació el 4 de agosto de 1847 en el Palacio Pitti de Florencia. Era hijo de Leopoldo II, gran duque de Toscana. La unificación italiana obligó a la familia a exiliarse en 1859 y buscar refugio en el Imperio austrohúngaro. A partir de entonces su vida fue un viaje continuo por Europa. Llegó a hablar catorce idiomas.
Tenía todo a favor para hacer carrera en la corte de Viena y eligió el Mediterráneo. Recorría sus costas a bordo del Nixe, un velero que pilotaba él mismo, y lo anotaba todo: la forma de una cala, el nombre de una planta, la letra de una canción escuchada en un puerto.
Miramar, la primera finca
En enero de 1872 compró Miramar, en Valldemossa. Conocía el lugar por sus lecturas sobre Ramon Llull, que en el siglo XIII había fundado allí una escuela de lenguas. Fue la primera de muchas propiedades. En 1877 adquirió Son Marroig, frente a la roca perforada de Sa Foradada, y mandó construir un embarcadero para el Nixe. Finca a finca, acabó siendo dueño de casi toda la costa entre Valldemossa y Deià.
No compraba para explotar la tierra, sino para protegerla. El pintor Santiago Rusiñol contaba que en sus dominios no se podía cortar ni una rama. Mientras tanto abría caminos de herradura y miradores sobre el acantilado, pensados para pasear sin prisa y mirar el mar. Muchos se siguen recorriendo hoy.
Die Balearen, la isla descrita palabra a palabra
Su gran obra se titula Die Balearen in Wort und Bild geschildert, «Las Baleares descritas en palabra e imagen». La publicó en varios tomos entre 1869 y 1891, y dedicó el primero al emperador Francisco José. Es un retrato minucioso del archipiélago. Recoge relieves, cultivos, casas y oficios, pero también cuántas bodas se celebraban, cuántos niños iban a la escuela o de qué enfermaba la gente. Muchos de los grabados los dibujó él mismo.
En 1878 la obra ganó una medalla de oro en la Exposición Universal de París. Hoy se considera la primera geografía moderna de las islas. Tuvo además un efecto que su autor quizá no previó: despertó la curiosidad de la alta sociedad europea, que empezó a ver las Baleares como un destino que había que conocer. La prensa local de la época comenzó a usar una palabra francesa nueva, tourisme.
El poeta Josep Maria Llompart lo describió como un sabio enciclopédico condenado a vivir aventuras dignas de un personaje de Jules Verne. Cuesta encontrar una definición mejor.
Los lugares donde sigue presente
Su huella se puede visitar. La casa de Son Marroig es hoy un museo con sus fotografías, libros y objetos personales, y desde el templete del jardín se ve Sa Foradada recortada contra el agua. En Miramar, otro museo recuerda su figura y la de Llull. Para quien prefiere caminar, el Camí de l'Arxiduc recorre las alturas de Valldemossa por uno de los senderos que él mismo trazó. El aire fresco de noviembre lo hace especialmente agradable.
El portal oficial del Govern dedicado al Archiduque reúne su biografía completa. Illes Balears Travel propone un recorrido por sus lugares, y el Consorcio Serra de Tramuntana lo sitúa en el paisaje que ayudó a conservar.
Del suroeste a la costa del Archiduque
Desde Port d'Andratx, la carretera Ma-10 sube hacia el norte siguiendo la Tramuntana. Pasa por Estellencs y Banyalbufar, con el mar siempre a la izquierda, hasta llegar a Valldemossa y Deià. Es una excursión de un día que se puede completar con un paseo por Valldemossa o, para quien quiera más montaña, con la subida al Castell d'Alaró.
Al volver, el spa de Mon Port espera con agua caliente y silencio. Es una forma de cerrar el día que al Archiduque, tan amigo de los placeres sencillos, seguramente le habría parecido razonable. Toda la información sobre la estancia está en la web del hotel.