Siurells: el silbato de barro que pintan de tres colores
Sobre una mesa de madera, en un taller de Sa Cabaneta, se secan en fila decenas de figuritas blancas: un pagès con sombrero, un jinete, un toro de cuernos desproporcionados, un dimoni con los brazos abiertos. Ninguna es más grande que una mano. La siurellera moja un pincel fino en pintura roja y traza tres rayas rápidas, sin dudar, como quien firma. Después pasa al verde. Al terminar, se lleva la figura a los labios y sopla por la base. Suena un pitido agudo y limpio, casi de pájaro.
Eso es un siurell.
Un juguete que suena
El nombre ya lo explica todo: siurell viene de siular, silbar. Cada figura esconde un silbato en el pedestal, y ese silbato es la razón de ser de la pieza. Durante generaciones fue un juguete infantil, de los que se compraban en las ferias de los pueblos y acababan rotos de tanto soplar.
Las figuras se reparten en tres familias: humanas, animales y mixtas, como el jinete sobre su caballo. Se modelan a mano, una a una, y por eso no hay dos iguales. El oficio fue tradicionalmente cosa de mujeres y pasaba de abuelas a madres y de madres a hijas.
Blanco, rojo y verde
Al salir del horno, el siurell tiene el color pardo del barro cocido. Lo que lo hace reconocible llega después: un baño de cal que lo deja blanco y, sobre ese fondo, unas pinceladas largas de color. La combinación más habitual es la de rojo y verde. A veces aparecen el amarillo o el azul, casi siempre junto al rojo.
El dibujo no imita nada. No tiene ojos pintados ni botones en la chaqueta, solo rayas y puntos que siguen la forma de la figura. Esa sencillez explica por qué un juguete de pueblo parece hoy una pieza de diseño.
Un origen que nadie ha cerrado
Preguntar de dónde vienen los siurells es abrir una conversación larga. Las teorías se suceden: los fenicios, un antiguo juguete árabe, un parentesco con figuras halladas en Creta o Cerdeña. Algunos historiadores sitúan su llegada a la isla mucho más tarde, en el siglo XIX. Nadie lo ha zanjado.
Tampoco falta la creencia popular de que su silbido servía para espantar los malos espíritus. Al siurell, en cualquier caso, no le hacen falta certezas: se entiende en cuanto se tiene en la mano.
Marratxí, terra de fang
El corazón del oficio está en Marratxí, y más concretamente en Sa Cabaneta y Pòrtol, dos pueblos donde la alfarería tiene siglos de historia y donde varias olleries siguen abiertas todo el año. Por algo al municipio se le llama terra de fang, tierra de barro.
En Sa Cabaneta, un antiguo molino de grano de principios del siglo XIX alberga el Museu del Fang, abierto como museo en 2002. La colección recorre la cerámica cotidiana de la isla, con cántaros, tejas y ollas, y dedica un espacio propio a la siurelleria, con talleres para niños y adultos en jornadas especiales.
Cada marzo, la Fira del Fang reúne durante unos diez días a alfareros y siurellers del municipio y de fuera, con talleres, música y desfiles de dimonis. Como la Festa des Vermar de Binissalem, es una fiesta que conserva su sentido original: celebrar un oficio que sigue vivo.
Miró y la mirada de un niño
Joan Miró coleccionaba siurells. Los guardaba en su taller mallorquín junto a piedras, raíces, conchas y figuritas de belén, y los miraba con la misma atención que otros dedican a un cuadro. Su huella se reconoce en la obra del pintor: colores planos, formas simples y una buena dosis de humor.
A principios de los setenta, Miró llegó a proyectar una escultura monumental para Central Park, en Nueva York, cuya maqueta policromada recuerda directamente a un siurell. Nunca se construyó, pero la Fundació Miró Mallorca le dedicó en 2025 una exposición que reconstruía la historia del proyecto.
Un siurell en la maleta
Desde Mon Port, Marratxí queda a algo menos de una hora en coche. La visita cabe en una mañana: el museo, un par de talleres y un café en la plaza. Si el día da para más, el Castell d'Alaró espera a pocos kilómetros, ya en la falda de la Serra.
Y de vuelta en Port d'Andratx, con la luz de la tarde sobre el muelle, un siurell en el bolsillo pesa poco y dura mucho más que cualquier recuerdo comprado con prisas.